En el libro Ante el dolor de los
demás, la escritora Susan Sontag desarrolla su tesis sobre cómo se entiende
la guerra en nuestros días y cómo reaccionan ante ésta las personas cuando la
ven en fotografías o en los medios de comunicación. Además, se cuestiona si el
ser humano se ha acostumbrado a la crueldad. Para ello, a lo largo del libro
expone las ideas principales que nos harán entender su razonamiento.
Las fotografías de lo atroz
ilustran y también corroboran. Las atrocidades que no están guardadas en
nuestra mente mediante imágenes fotográficas ampliamente conocidas, o de las
que simplemente contamos con pocas imágenes, parecen más remotas. Son recuerdos
que a pocos les ha importado reivindicar. Las fotografías trazan las rutas de
referencia y sirven de tótem para las causas: es más probable que los
sentimientos cristalicen ante una fotografía que ante un lema. Las fotografías
que todos reconocemos son en la actualidad parte constitutiva de lo que la
sociedad ha elegido para reflexionar, o declara que ha elegido para
reflexionar.
Las fotografías son un medio que
dota de realidad. Durante mucho tiempo algunas personas creyeron que si el
horror podía hacerse lo bastante vívido, la mayoría de la gente entendería que
la guerra es una atrocidad, una insensatez. La guerra expulsa, destruye, rompe,
arruina y allana el mundo construido. No condolerse con ese tipo de fotos, no
retraerse ante ellas, no afanarse en abolir lo que causa semejante estrago y
carnicería, según Woof son las reacciones de un monstruo moral. Y afirma: ‘’no
somos monstruos, somos de la clase instruida. Nuestro fallo es de imaginación,
de empatía: no hemos sido capaces de tener presente esa realidad’’.
La guerra era y aún es la noticia
más irresistible y pintoresca. Encontrar belleza en las fotografías bélicas
parece cruel. Pero el paisaje de la devastación sigue siendo un paisaje. En las
ruinas hay belleza. La conmoción se ha convertido en la principal fuente de
valor y estímulo de consumo. Los sufrimientos que más a menudo se consideran
dignos de representación son los que se entienden como resultado de la ira, ya
sea humana o divina. Al parecer, la apetencia por las imágenes que muestran
cuerpos dolientes es casi tan viva como el deseo por las que muestran cuerpos
desnudos. Se puede sentir una obligación de mirar fotografías que registran
grandes crueldades y crímenes. Se debería sentir la obligación de pensar en lo
que implica mirarlas, en la capacidad efectiva de asimilar lo que muestran. No
todas las reacciones a estas imágenes están supervisadas por la razón y la
conciencia. Las fotografías nos obsesionan. La mayor parte de las
representaciones de cuerpos atormentados y mutilados incitan, en efecto,
interés lascivo. Esto se debe a que las imágenes de lo repulsivo pueden también
fascinar. El deseo y el morbo de ver algo espeluznante. Parece raro, pero el
amor a la maldad, el amor a la crueldad, es tan natural en los seres humanos
como la simpatía.
En este tipo de fotografías, cuanto
más exótico y remoto el lugar, tanto más estamos expuestos a ver frontal y
plenamente a los muertos y moribundos. La ubicuidad de aquellas fotografías, y
de aquellos horrores, no puede sino dar pábulo a la creencia de que la tragedia
es inevitable en las regiones ignorantes o atrasadas del mundo, es decir,
pobres. Por lo general, los cuerpos gravemente heridos mostrados en las
fotografías publicadas son de Asia y África. La exhibición fotográfica de las
crueldades infligidas a los individuos de piel más oscura en países exóticos.
El problema está en las fotos mismas, no en
cómo y en dónde se exponen: en que su foco se concentra en los indefensos,
reducidos a su indefensión. Es significativo que los indefensos no se mencionen
en los pies. Un retrato que se niega a nombrar al sujeto se convierte en
cómplice, degrada.
Solía creerse, que la muestra de
algo que era necesario ver, aproximando una realidad dolorosa, con seguridad
incitaría a los espectadores a sentir con mayor intensidad. En un mundo en el
que la fotografía está al ilustre servicio de las manipulaciones consumistas,
no hay efecto que la fotografía de una escena lúgubre pueda dar por sentado.
Para que las fotografías denuncien y alteren una conducta, han de conmocionar,
pero la conmoción puede volverse corriente, puede desaparecer. La gente tiene
medios para defenderse de lo que la perturba, es decir, adaptación. Al igual
que se puede estar habituado al horror de la vida real, es posible habituarse
al horror de unas imágenes determinadas. Con todo, hay casos en los que la
repetida exposición a lo que conmociona, entristece o consterna no agota la
plena respuesta. Hay imágenes cuyo poder no mengua, en parte porque no se
pueden mirar a menudo.
Las guerras son ahora las vistas
y sonidos de las salas de estar. Crear en la conciencia de los espectadores,
expuestos a dramas de todas partes, un mirador para un conflicto determinado,
precisa de la diaria transmisión y retransmisión de retazos de las secuencias
sobre ese conflicto. En una era de sobrecarga informativa, la fotografía ofrece
un modo expedito de comprender algo y un medio compacto de memorizarlo, pero,
las imágenes de los sufrimientos padecidos en la guerra se difunden de manera
tan amplia en la actualidad que es fácil olvidar cuán recientemente tales
imágenes se convirtieron en lo que se esperaba de fotógrafos notables. Vivimos
en un mundo ultra-saturado de imágenes, las que más deberían importar tienen un
efecto cada vez menor: nos volvemos insensibles. En última instancia tales
imágenes solos nos incapacitan un poco más para sentir. La cuestión gira en
torno al principal medio de noticias, la televisión. El modo en que se emplea,
dónde y cuánta frecuencia se ve, agota la fuerza de una imagen. Las imágenes
mostradas en la televisión son por definición imágenes de las cuales, tarde o
temprano, nos hastiamos. Lo que parece insensibilidad tiene su origen en que la
televisión está organizada para saciar una atención inestable por medio de un
hartazgo de imágenes. Su superabundancia mantiene la atención en la superficie,
relativamente indiferente al contenido. Los consumidores necesitan ser
estimulados una y otra vez, y el contenido no es más que uno de esos
estimulantes. Se trata de un abundante
horror anestésico que nos ceba todos los días. La tecnología más reciente
suministra una alimentación constante: tantas imágenes de desastres y
atrocidades como tiempo de que dispongamos para verlas. Estamos perdiendo
nuestra capacidad reactiva. La compasión, extendida hasta sus límites, se está
adormeciendo.
Tampoco se
supone que la fotografía deba remediar nuestra ignorancia sobre la historia y
las causas del sufrimiento que enmarca. Pero tales imágenes deberían ser una
invitación a prestar atención, a reflexionar, a aprender, a examinar el
sufrimiento. Quizá la frustración de no poder hacer algo relativo a lo que
muestran las imágenes puede traducirse en la acusación de que es indecente
contemplarlas o de que es indecente el modo en que se difunden.
En conclusión, se puede decir que
el libro Ante el dolor de los demás,
de Susan Sontag, es realmente interesante, ya que página tras página hace reflexionar acerca de cómo nos afecta en
la actualidad a las personas las imágenes del sufrimiento ajeno. Hace meditar
sobre la poca importancia que a veces se le da a este tipo de imágenes.
Como bien dice la escritora, las
imágenes sobre guerras y tragedias que llegan a nuestra sociedad suelen ser de
lugares remotos y exóticos, lugares en los que este tipo de situaciones son
habituales. Por lo tanto, terminamos viéndolo como algo normal, algo que es
inevitable que suceda en aquellos lugares. Además, desde nuestra sociedad se ve
como algo muy lejano, y eso hace que las personas estén tranquilas, porque
piensan que nunca les pasará lo mismo. Debido a esto, en cierta manera se
compadecen, sin embargo, esto también hace que no les afecte de una manera muy
considerable.
Sería mucho más raro que nos llegaran
este tipo de imágenes de tragedias que sucedieran en el mundo occidental, ya
que en ese caso, se intenta respetar a las familias y los fallecidos, porque si
no se hiciera, causaría gran polémica. Es mucho más fácil sacar imágenes de
tragedias del tercer mundo, nadie reclama y pide respeto al dolor de aquellas
víctimas y familias, ya que como he mencionado anteriormente, se ve como algo
normal y muy lejano. Parece no tener importancia.
Por otro lado, como bien se
explica en el libro, este tipo de imágenes suelen causar intriga, curiosidad, e
incluso morbo. A veces las personas más que condolerse y verse afectadas por
las imágenes, se sienten atraídas por ellas, sienten inevitablemente un interés
lascivo. Otro factor importante para que no se vean tan afectados por el
sufrimiento que en ellas se representa.
Un factor también muy interesante
que se menciona en el libro, es la sobrecarga de información y de imágenes que
nos llegan cada día a nuestros televisores. Estamos tan saturados de
información y estamos tan acostumbrados a ver este tipo de tragedias día a día,
viendo como estas tragedias se dan en los informativos como algo ya
completamente normal, sin ningún signo de afecto, que cada vez nos volvemos más
insensibles, nos afecta cada vez menos. Si los informativos no nos saturaran
día a día con este tipo de sucesos, seguramente veríamos las cosas de otra
manera, nos impactaría, no lo veríamos como algo normal, reaccionaríamos ante
ese tipo de imágenes.
A pesar de todo lo mencionado
anteriormente, pienso que siempre habrá alguna imagen que logre conmocionarnos
y hacernos reflexionar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario